“La revolución que nos debemos”

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En 1945, frente al prestigio de la «cultura», el pueblo movilizado levantó una consigna que en ese momento escandalizó a los cenáculos intelectuales y universitarios: «Alpargatas si, libros no».
Con tan sencilla manifestación, el pueblo resolvía la contradicción que los sectores inteligentes tardaron años en comprender; se señalaba a la cultura como un arma de penetración antinacional y se negaba en bloque todo un mundo de cultura libresca que en la coyuntura del 45 tomaba partido por las fuerzas de la antipatria aliadas en la Unión Democrática.
Mucha agua ha pasado bajo el puente desde entonces. Hoy la realidad nos muestra una sociedad convulsionada, nuevos actores sociales han irrumpido en ella y nuestro país yo no es el del 45. Hoy también es necesaria una revolución como fue la revolución peronista, una revolución que termine con el triste espectáculo de nuestros jóvenes borrachos o drogados. Que acabe con la estupidez generalizada en los medios de comunicación masiva, donde los holdings internacionales de la droga y la prostitución (esos monstruos que generó el imperio y que son funcionales a su cultura, es decir, necesitan succionar todo el dinero posible de nuestros países para poder desarrollarse.)
se han entronizado y penetran a diario en nuestras casas a través de la televisión. No tan conocido, pero no por eso menos grave, es lo que pasa en el cine, donde una camarilla de directores, productores y críticos se han adueñado del paquete económico y se reparten entre ellos los créditos y subsidios, generando un cine híbrido, con tecnología yankee y contenidos europeizantes, consiguiendo como resultado que la gente no vea cine nacional, porque no se siente representada, a pesar de la publicidad y los premios repartidos entre esta corporación. En la música, la cumbia villera, que exalta los disvalores de los jóvenes marginales,(que considera exitoso al que consume mejor droga, al que toma mas alcohol o al que tiene mas chicas) ha sido tomada como recurso económico para algunos codiciosos productores que explotan a los grupos musicales, generalmente conformados por chicos de las barriadas mas humildes. Y así podríamos seguir enumerando lo que ocurre en cada uno de los sectores de nuestra sociedad.
¿Cómo entender esta realidad? ¿Cómo combatirla? ¿Cómo reemplazarla?.
Ya a principios de la década del 90 Monseñor Francisco Martínez Fernández (Obispo auxiliar de Madrid, Alcalá) en un trabajo denominado «Búsqueda de la Felicidad y Fe Cristiana» , alertaba sobre la orientación de la cultura que se irradiaba desde el imperio.
» La cultura del éxito individual pone de relieve, la importancia de la libertad. Se afirma la libertad de un modo equivocado, exasperado, (como posibilidad de elegir indefinidamente, como carencia de vínculos, como importancia del propio sujeto) pero no se puede desconocer este rasgo característico de la sociedad contemporánea. Cualquier propuesta que aparezca como lesiva de la libertad está abocada de antemano a un fracaso clamoroso.»
…»La cultura dominante en occidente está realizando una considerable destrucción del sujeto personal y social, censurando las dimensiones mas hondas de las personas y consiguiendo una verdadera metamorfosis del concepto y de la experiencia de la libertad». …»Se cultiva hasta le exasperación la propia figura ( cuidado intensivo del cuerpo, de la línea, la salud y la belleza) lo que aparece, el aspecto exterior. Actividades que tendrían que ser solo una dimensión parcial de la vida, como los espectáculos deportivos o musicales, se convierten exactamente en el centro de la vida, de las ilusiones y las esperanzas de miles de jóvenes: megaconciertos rock, afición desquiciada al futbol. Una ojeada a los suplementos dominicales de cualquier periódico puede confirmar estas impresiones. Este mundo de facilidades, de superación inmediata de las contradicciones, de éxito al alcance de la mano, no consigue ocultar, ni su lado oscuro, ni su impotencia para eliminarlo, cada vez mas patente: desde sus manifestaciones mas dramáticas, como son, el terrorismo, la drogadicción difundida en todas las clases sociales ( heroína, cocaína) o los suicidios, hasta otras manifestaciones mas «blandas» pero tan extendidas como la soledad, el sentimiento de frustración, el abandono de los ancianos, la eutanasia, el aborto…» «…Se ofrece desde el consumo una felicidad degradada y a bajo precio. El resultado es que el hombre está destruido, vive cada vez mas en un estado de insatisfacción casi permanente, pero cree vivir en el mejor de los mundos posibles y difícilmente es capaz de ponerlo en cuestión» «…En economía se privilegia el mercado (cada vez mas concentrado en poderosos monopolios) y el consumo. Los proyectos políticos triunfadores ya no son los grandes programas populares ( democristianos, comunistas) sino los programas de las minorías burguesas laicas, herederas de la revolución francesa que tienen en sus manos el gran poder económico e informático: en lugar de las políticas nacidas del pueblo ( cristiano, comunista) prevalecen las nacidas de los herederos de la ilustración, carentes de arraigo en la tradición popular. El ideal perseguido es un gran partido radical-burgués de masas donde las antiguas identidades queden superadas por la convergencia en torno a los valores de la razón. Son programas que proyectan sobre la sociedad un diseño político concebido a priori, y se benefician del desinterés generalizado y de la falta de un auténtico sujeto social y del desarraigo de las masas de toda identidad y de toda tradición.»
Esta mirada del obispo de Madrid, en plena década del 90, nos hace pensar que estamos recibiendo los coletazos de la decadencia europea. En nuestro país tenemos un gigante dormido que es el Movimiento Peronista, que sin lugar a dudas es la cultura nacional transformada en voluntad política, es cuestión de despertarlo y ponerlo en pie, es cuestión de que nuestros dirigentes acierten a encontrar el camino para que sea la expresión de nuestra identidad, el escudo que detenga la penetración de toda esa cultura ajena a nuestro pueblo, el mismo que un día, cansado de tanta mentira, le dijo no, a los libros que lo venían engañando.

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