Panorama político: Vidal apuesta fuerte en el conflicto con los gremios docentes

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(Por Andrés Lavaselli, de la agencia DIB).- Al dedicarle los párrafos más calientes de su discurso ante la Asamblea Legislativa, la gobernadora María Eugenia Vidal puso en el centro de la agenda política de la provincia el conflicto con los gremios docentes, una apuesta a reeditar la «guerra de legitimidades» que el año pasado la favoreció pero que ahora supone un riesgo suplementario porque se da en un contexto de caída de la simpatía social hacia el oficialismo.
Vidal fijó la que sabía que probablemente sería la última reunión de paritarias previa al inicio del ciclo lectivo para el día después de su discurso más taquillero del año. Y optó por despacharse desde esa tribuna con un tono duro que no solo equiparó el paro -un derecho constitucional- con un delito como la toma de rehenes, sino que vinculó a los gremios con la defensa de un sistema de licencias «truchas», lo que también sugiere connivencia con irregularidades serias.
Es evidente que la Gobernadora intuía que la cláusula de revisión no automática del nivel de suba de los salarios contra el de los precios que agregó a la oferta no destrabaría el acuerdo. Y que, entonces, el paro sería inevitable, aun cuando hasta su ministro de Trabajo, Marcelo Villegas, había resaltado que el clima de las conversaciones era hasta ahí notablemente menos beligerante que el del año pasado.
Pero al mismo tiempo, ese énfasis antes de que se concretara el rechazo gremial deja entrever que Vidal cree que la pelea puede favorecerla. Es algo que, sostienen en su entorno, ya ocurrió el año pasado. Según esa lectura, la intransigencia de los gremios, sumada al efecto social de casos como los de Juan Manuel «Pata» Medina o Marcelo Balcedo, provocarán un contraste entre «lo viejo y lo nuevo» similar al que se dio el año pasado, cuando esa dinámica fue acicateada a través de la personalización de las críticas en Roberto Baradel.
Sin embargo, la guerra de legitimidades se da ahora en un contexto diferente al de 2017. Las encuestas marcan un descenso de la aceptación de la gestión nacional paralela a una caída en la creencia de que el futuro deparará mayor bienestar económico. Esas señales negativas afectan de modo casi excluyente al presidente Mauricio Macri, pero dan menos margen a todo el oficialismo para emprender discusiones que giren en torno a la inflación y el rendimiento del salario.
Por eso, si el debate se prolonga, buena parte del éxito podría depender de la medida en la cual Vidal logre instalar la agenda de la «calidad educativa» como una algo que los gremios quieren evitar porque implica una pérdida de privilegios indebidos. De ahí las alusiones a los efectos del ausentismo que ya ensayó y la mención, poco atendida, a una «reforma profunda» del sistema educativo completo que empujaría si la sangre termina de llegar al río y que incluiría, en los planes del oficialismo, tocar el Estatuto Docente.
La contracara de la centralidad que la Gobernadora le otorgó a esta cuestión es la poca atención que prestó a otros temas cruciales. El interior está agobiado por una sequía cuyos efectos se sentirán más allá del sector rural, pero que no mereció más consideraciones que la continuidad de los planes actuales. La amplia reforma judicial «victimista» que se anunció el año pasado pero este será remitida a la legislatura, sólo una alusión al pasar.
En resumen: a contramano de lo que hizo Macri al incluir en su agenda ítems progresistas como el aborto y la cuestión de género, Vidal no cambió de tema. La explicación es clara. Como con los 700 millones de dólares que la provincia prestó al tesoro nacional, en cuestión de imagen la Gobernadora asiste al Presidente. Es, en el fondo, una forma de prevenir un escenario que detesta: el que sugieren los que creen que si el gradualismo nacional torna desaconsejable una reelección presidencial, ella debería asumir ese desafío, con Marcos Peña como candidato a sucederla.

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